Texo Iván Brasil Junior

PRIMER FOGONAZO:

 Verano del 2003, ciudad de Gaza, capital olvidada, los helicópteros “Apaches” que el ejército estadounidense fabrica para Israel sobrevuelan la sede de la Media Luna Roja, en la que estamos hospedados, las ambulancias salen vacías y regresan al cabo de pocos instantes llenas de heridos, cohetes cruzan el cielo de terror y angustia.

 DOLOR.

 A la mañana siguiente actuamos en la misma sede para 500 niños que han pasado la noche en vela rezando para que su casa no sea objetivo del ejército mejor armado del mundo, hora y media de magia, cubos de agua, confeti, tartazos de nata y mucha humanidad desplegada en tiempos de guerra. Acabamos la función y los niños inundan el escenario para abrazarnos, bailar, cantar con nosotros y gritar de esperanza. RIESGO… de contagiarnos de esa vida que brota a borbotones en medio de la barbarie.

 SEGUNDO FOGONAZO:

 Verano del 2012, Complexo Alemao, favela pacificada a modo de escenario de una película de Kusturica tras los bombardeos de la OTAN en Sarajevo, coches quemados, calles llenas de barro, casas salpicadas de agujeros de bala, niños descalzos y madres asustadas en los balcones.

 DOLOR

 Atravesamos la barriada apoyados por una fanfarria de vientos y percusión, protegidos por nuestra nariz roja y armados con las pistolas de agua, mareas de niños nos siguen, nos mojan, nos abrazan, se suben a nuestras espaldas y corren con nosotros, la versión carioca de “Underground” acaba en una carpa de circo instalada en la parte más abandonada de la favela, donde cientos de habitantes llevan horas de pie esperando para ver el show de un mago loco. RIESGO, de quedarte prendado en los ojos brillantes de estos seres capaces de encontrar la belleza escondida entre los escombros.

 Entre uno y otro van diez años recorriendo la geografía de DOLOR que empaña este mapamundi llamado humanidad, diez años donde en más de una ocasión nuestra vida física corrió el RIESGO de quedar sepultada bajo los cascotes que vomita este sistema llamado neoliberal.

 Diez años actuando de payaso en la selva zapatista, en el desierto saharahui, en campos de refugiados palestinos, en pueblos secuestrados por el “narco”, en escuelas bombardeas por Israel, en caminos de tierra surcada por las orugas de los tanques, diez años en los que he aprendido que mi mayor miedo es el RIESGO de que llegue un día en el que me pierda como artista de circo y ya no sepa cómo acompañar el DOLOR del que más sufre; con mis tontas caídas; mis torpes malabares; mis infantiles juegos de magia; mis gags nacidos del corazón, mis rutinas aprendidas de la familia Colombaioni…

 TERCER Y ÚLTIMO FOGONAZO:

 Flash-back 1:

 Una madre palestina se me acerca con los ojos cuarteados por las lágrimas y me dice “Gracias, porque hacía meses que no oía a mi hijo reír”.

 Flash-back 2:

 La carpa en Cidade de Deus, llena a rebosar, vibra con los aplausos y gritos que el público exaltado regala a la compañía de circo italiano que actúa en el festival, fuera cae un mar del cielo y dentro por mis mejillas, no puedo parar de llorar, viendo la grandeza de este público descalzo que sabe más de circo que cualquiera de los que yo he visto en los teatros de Europa.

 Flash-back 3:

 Acabamos nuestra función en un pueblo minero de México que se debate entre la defensa de su territorio y la posibilidad de un futuro lleno de espejismos que la multinacional minera promete a base de comprar casas y almas. Durante la función boicots, amenazas e incluso algún conato de agresión, pero mientras desmantelamos el Pórtico, cansados por un largo show, escuchamos a los niños del pueblo que se van a sus casas por las desiertas calles repitiendo mis frases de payaso.

 Fin de los fogonazos

 Puede ser que a veces por cansancio aparquemos la grandeza del circo a un lado, que dejemos olvidado entre las luces, las técnicas y los grandes carteles, el origen de nuestra profesión, que se nos escape que somos el pulmón de la esperanza para nuestras sociedades, mundo en épocas de oscuridad, que somos y que siempre fuimos la fábrica de los sueños, el laboratorio de las utopías. Ese oficio inventado para correr RIESGOS que puedan disipar el DOLOR de la injusticia.

 El circo es una gran metáfora de que “otro mundo es posible, ese, donde quepan todos los mundos”, bajo una misma carpa, bajo una misma bóveda de mil colores.

 Y el payaso, ese humilde tonto es el encargado de alquimizar el fracaso en victoria, el desastre en belleza, la debilidad en fortaleza, el DOLOR en vida y el RIESGO en poesía.

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